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El tema de las corridas de toros es, ha sido y será siempre un tema polémico.
No es de extrañarse que la actividad taurina haya sido siempre objeto de expresión artística. Entre muchos otros, encontramos a Goya, Picasso e incluso el mismo Beethoven, quien le dedica un espacio melódico en su tercera Sinfonía “La Heroica” y Bizet en su ópera Carmen. El género musical español llamado pasodoble se refiere también a la fiesta brava mientras que otros géneros como la poesía de habla hispana, así como esculturas en países como España, Francia y América Latina, entre otros. Y qué decir de la innumerable cantidad de películas en las que se hace referencia o se toma en cuenta a la fiesta brava. Por lo tanto, deberíamos inferir que la corrida de toros es en definitiva un arte. Veamos por qué. ANÁLISIS DE LA CORRIDA Está estructurada en tres partes o tercios: A, toreo con capa; B, rejones y banderillas; A toreo con capote y estoque y la conclusión. A B A es las estructura de la mayor parte de los templos; es una constitución básica en la música; es también el símbolo del pensamiento: tesis, antítesis y síntesis. El que “se viste de luces” es presentado junto con su equipo en una vuelta al ruedo en un acto muy solemne. El juez le da las llaves o la clave para abrir el toril. Se desprende de la montera lanzándola cuyos nudos negros a los lados simbolizan sus pensamientos peligrosos para hacer frente a la bestia con la cabeza descubierta. Antes ofrece su faena a lo femenino o virginal y ha pedido permiso respetuosamente al juez. Entre todo esto siempre hay música arengándolo hacia la batalla. En el primer tercio sale la bestia con dos cuernos (dual) quien altaneramente no acepta a nadie en el ruedo. La recibe el torero con una capa rosada (protección y amor). Cada pase es una oportunidad de conocer al enemigo, de enfrentarse a sus propios miedos. Al cambiar de capa ambos caen en un juego mutuo de engaño. Al inicio del segundo tercio suena un clarinete. Entra en acción el picador montado en su caballo ,portando una lanza que los asemeja a un unicornio. La intención de picar al toro es quitarle fuerza y hacerlo perder sangre para que con los siguientes pases, el matador reconozca plenamente a la bestia. El banderillero “identifica” al toro con seis banderillas (número asociado al Ser y a la colmena). El toro va perdiendo fuerza y se distrae tratando de quitarse las banderillas. Para el tercer tercio debe quedarse sólo si se quiere consagrar como matador (transmutador o transfigurador de la fealdad en belleza). Cambia por un capote rojo rubí (amor impersonal), ocultando debajo el estoque. Suena la trompeta y llega la hora de la verdad: con la mirada fija, incita al toro en una danza para hacerle saber su autoridad. La música suena para infundirle valor, mientras el público aplaude delirante.
Por fin enseña la espada simbolizando el valor que llevaba dentro del capote (amor). Se pone frente al toro, buscando su corazón, capote en tierra invitándolo a la humildad de mirar hacia la arena. Gira de lado para ser menos visto y con el capote en el suelo ubica la espada a la altura del entrecejo. Con la rodilla izquierda plegada indica la dirección del acto. Se lanza hacia una fusión de dos en uno buscando el corazón del animal con la punta de la espada. En donde había dos ya solo hay uno, pero vestido de luces. Si corta orejas significará la capacidad auditiva o incremento de los sentidos y el rabo la antena o percepción. Si sale a hombros será el nivel superior de ese circulo cerrado, saliendo por la puerta grande hacia la gloria, mientras que el resto de los ahí congregados salen por la puerta chica (nacimiento, muerte y reencarnación) hasta que se decidan a torear. La naturaleza es tan sabia que dota al toro de un anestésico natural contra el dolor. A manera de conclusión diremos que torear es una forma de estar en el mundo, de vivir y de dominar nuestros egos. |